martes, 20 de marzo de 2012
La Constitución de 1812, Extremadura y el periodismo. (Y lo que no puedo evitar)
Hay días en que todo se confabula para no acordarte del cumpleaños de tu amiga. Y otros, en los que cualquier escaparate, anuncio de televisión, mirada o canción te recuerda a la persona de la que te has enamorado. También están esos días en los que te olvidas incluso de ti. Y esos otros en los que en tu mente está tan llena de pájaros que sólo caben en ella ideas propias de un videoclip de Lady Gaga. Días en los que no eres tú la que piensas, sino que todo se pone de acuerdo para que tu atención selectiva te torture o te emocione, según como se mire.
Desde hace meses no hay mucho más que ocupe mi cabeza aparte del trabajo. No es la primera vez que me pasa. Y no sé si es suerte o desgracia, pero lo que sí que puedo asegurar es que, al menos, es apasionante. Y como mi mente está casi sólo y exclusivamente en mi vida laboral, al final los planetas se se alinean sí o sí, para que sucedan cosas extraordinarias en mis ocho horas diarias de redacción, llamadas y rodajes.
Como lo que me sucedió hace un par de semanas. Sin preverlo, ni esperarlo tuve delante de mí un nuevo reto laboral. Y sin producirlo, ni quererlo, ni tan siquiera soñarlo, llegó la sorpresa. Y, en medio de una mañana de vértigo y toda una espiral de desafíos, allí estaba: lo inaudito, el broche final. Y me encontré tocando con los dedos este trocito de historia.
Impreso en el siglo XIX. Es la biografía de Diego Muñoz Torrero. Extremeño, de Cabeza del Buey, constituyente de La Pepa. Un protagonista indiscutible en Las Cortes de Cádiz, la conocida como cuna de las libertades. Hay quien asegura que sus ecos, los de Muñoz Torrero, todavía resuenan por las calles de San Fernando.
Perseguido por Fernando VII y torturado por la Inquisición. Olvidado hasta la muerte en una cárcel portuguesa. Cuentan que, cuando acabó de hablar en San Fernando, todo el mundo supo que el Siglo XVIII había terminado.
Dice el cronista de Cabeza del Buey, Vicente Serrano, que era un hombre intachable. Y que su principal logro fue asentar en España la democracia. Vicente Serrano lo denominó el tercer gran paso de la humanidad, y me puso los pelos de punta. Nos contó también que Muñoz Torrero fue el primero en pronunicar juntas en nuestro país las palabras soberanía y nacional. Y el responsable de que ese principio democrático quedase reflejado en el diseño de esta bandera. La única en el mundo con la palabra democracia, bordada a mano por las monjas del convento del pueblo pacense.
Las palabras de Serrano, la diligencia de la concejala de Cultura y la dulce voz de la bibliotecaria mientras pasaba las páginas de esta reliquia me hizo recrearme en su historia.
Entre los once extremeños constituyentes de la Carta Magna de 1812, Muñoz Torrero destacó por méritos propios. Fue el padre democracia, sentando las bases de la que hoy conocemos. Pero no sólo, sino que fue mucho más. Nada más y nada menos que el padre del periodismo español.
En aquellas Cortes, cuando tomó la palabra, salieron también de su boca los términos libertad de prensa, de imprenta, de ideas, de escribir. Las defendió incluso hasta la muerte. Y se convirtió en el primero que se empeñó en poner negro sobre blanco la necesidad de que el periodismo fuera el contrapoder, el cuarto poder... o simplemente, el primero que entendió que sin periodistas no hay libertad ni tampoco democracia.
Y entonces ocurrió. Decidí que todos los astros se habían puesto de acuerdo para que yo me encontrara aquel día con aquella historia. Tocó cerrar el libro, recoger los cables, dejar de grabar y poner un titular al día: un gran día.
Un día en el que todo se había confabulado para olvidarme del cumpleaños de una buena amiga. Y también de quien a veces me parece que me estoy enamorando. Y luego, cómo no, también me olvidé de mí. Un día de locos que acabó convirtiéndose en uno de esos que al final califico de perfecto desde el duermevela en mi cama, cuando estamos solas yo y la luz de la pantalla de mi blackberry.
Democracia, libertad, periodismo y Extremadura. Qué más podía pedir.
Diréis lo que queráis, pero cada vez estoy más segura de que no soy yo, sino que todo está dispuesto para que cada día me enamore más de mi trabajo. Es lo que no puedo evitar. Enamorarme de mi trabajo y de los principios por los que me rijo en mi día a día laboral: que sin periodismo no hay democracia. Ni libertad, ni tampoco dignidad.
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