miércoles, 7 de diciembre de 2011

También hoy... ser periodista.


Fue en mi primer día de facultad cuando me pegaron el primer sopapo "Habéis escrito muy buenas redacciones en el cole y el insti, ¿no? pues, ¿sabes lo que hago yo con eso? con eso me limpio los mocos y lo tiro a la papelera."

Fueron palabras del vicedecano de la carrera, y antes de borrar para siempre su nombre de mi cabeza, como suelo hacer con los que me hacen daño, me dí cuenta de que había bastado un segundo para enterrar para siempre a la chica de los dieces en redacción, los sobresalientes en Lengua y los premios de relato. Y me preparé para lo peor.

Pero no pasó nada.

En mis años de facultad me enseñaron a leer periódicos con lupa y a fabricar titulares que hicieran caerse para atrás. Me hablaban todos los días de que aquella era la profesión más bonita del mundo, de que podría entrevistar a gente increíble, y de que sería una especialista en no perder detalle de lo que sucedía en mi barrio, en España, en el mundo. Me dijeron que iba a poder contar con mis propias palabras "la vida", "la verdad", "las historias" de la gente... para la gente.

Era como un sueño. Pero como en los sueños, no contaron toda la verdad.

La facultad se quedó a medias. No nos hablaron de guardias interminables, de coberturas insolentes, de prisas y de relojes sin horario, de sueldos infames o de faltas de respeto.

No nos dijeron tampoco que, por la calle, algunos nos tratarían como a asesinos cada vez que saliéramos a rodar. O que nos insultarían, y no sólo con la voz sino sobre todo con los ojos (que es lo más doloroso) al intentar hacer una encuesta de calle o grabar unos planos de recurso. Ni que otros se atreverían a decirnos lo que tenemos y no tenemos que escribir.

Ni que nos llamarían mentirosos, como si la palabra mentir fuera gratis y no supieran que ese es el insulto más denigrante que se puede lanzar contra un periodista.

Tampoco nos contaron que las convocatorias de prensa serían casi siempre impuntuales, ni que nuestro tiempo para la mayoría de políticos, entrenadores, directores de eventos e incluso organizadores de manifestaciones... no importaría nada. Ni que nos harían esperar durante horas, tirados en la calle o en cualquier sala fría y desalmada, sin apenas despeinarse.

Ni mucho menos nos dijeron que una cantante "guay y tolerante" como Bebe nos diría que escribimos sólo polladas y que consideraría que estamos mal follados.

Nadie me dijo que casi todo el mundo nos trataría como a perros. Y cuando digo todo el mundo es todo el mundo: tanto dentro como fuera del periodismo.

Tampoco que al intentar desahogarte, en cualquier redacción, tu colega te sonreiría por lo bajo como queriendo decir: "Lo sé, pero no vale quejarse...esto es lo que hay, compañero".

No nos hablaron tampoco de despidos de la noche a la mañana, de adioses por teléfono o rescisiones de contrato por burofax. Ni de lo que significa dejarte la vida por un medio para nada.  Y no lo digo por mí, que no he tenido esa mala suerte en los medios que he trabajado, pero sí por los mails que, cada vez con más frecuencia, llegan a mi bandeja de entrada con asuntos que hacen daño a la vista: "os envío mi curriculum por si podéis moverlo", "a mí también me ha pasado"o "después de nueve años, me echan".

Eso sí, en la universidad me enseñaron a utilizar un tipómetro, y aún no entiendo para qué me ha servido.

Así que los últimos días, estoy contenta con lo que se cuece en las redes sociales. Nosotros, "los plumis", como Fuenteovejuna: dando un golpe sobre la mesa para decir "Basta ya, somos periodistas, no imbéciles".

Reconforta dar un click al acceso directo de mi twitter y comprobar que #unmojónparabebe, #gratisnotrabajo siguen siendo trend topics y removiendo la dignidad de la profesión.

Y que la mayoría de mis compañeros del master, la carrera y redacciones varias, han compartido en su muro el post Putas y periodistas de David Jiménez.

Desde aquí yo también quiero decir que estoy harta de que parezca que las faltas de respeto y de consideración van con el sueldo, o peor aún, con el título de la facultad.

Pero también tengo una confesión que hacer y es la siguiente: que hay días en que me levanto maldiciendo a esta profesión por todas estas cosas y algunas más...pero que al final acabo rindiéndome.

No sé, será que va en el ADN de los que hemos elegido ser periodistas. A mí me lo advirtió José Mari Calleja en su clase de los lunes: "Esto no es una profesión, es un estilo de vida".

Ahora que lo pienso, creo que tanto él como ese vicedecano de cuyo nombre no quiero acordarme, intentaban, sin aclararlo del todo, preparnos para lo que luego vendría.

Yo no voy a usar el símil de las putas, que para eso ya lo ha utilizado, y muy bien, David Jiménez. Pero voy a traer a colación otro, que tampoco me parece desacertado: no he encargado ningún análisis de sangre ni de orina, pero a estas alturas creo probado que, como los toreros, los periodistas también estamos hechos de otra pasta.

Al menos en mi ADN periodístico está escrito y no puedo borrarlo: intento imaginarlo, pero no me veo haciendo otra cosa. Ya me pueden pedir artículos gratis, dejarme tirada a diez minutos de la entrevista o insinuar que estoy mal follada y que escribo sólo polladas. Para eso estoy yo, para que me resbalen los que creen que se ríen de nosotros, y para torear a todos esos listos con mi mi micro y mi libreta.

Que hagan, insulten y digan lo que quieran.  Nadie me va a quitar las ganas de continuar escribiendo, de volcarme en cada texto  y seguir contando historias todos los días.

Gracias a no sé qué fuerza, pasta o gen, me levanto a diario pensando en luchar y en informar hasta que no pueda más. Y en hacerlo lo más profesional y dignamente posible.

Así que una vez más, y a pesar de todo, lo digo alto y claro:  hoy,mañana, pasado, al otro... y  por los siglos de los siglos, quiero ser periodista.

(Ahora es cuando Peggy, la prometida del Hildy Johnson en Primera Plana, de Billy Wilder, dice aquello de... "empiezo a creer que los periodistas estáis todos enfermos". Min. 1:50 de esta escena.)




3 comentarios:

  1. Impresionante e impresionado. Y añade, una pregunta retórica: ¿por qué nos envidian? ... disfrutamos con lo que hacemos, aún no cobrando...

    PD.: Me alegro de haberte curioseado el blog. Me encantó el artículo.

    R.M.

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  2. Compi, tenemos la suerte de haber elegido la mejor profesión del mundo. Una profesión que apasiona, lo mires por donde lo mires. Quizá por eso los que nos envidien.

    PD. ¿Tú tienes blog? Me alegro de que hayas entrado a curiosear.

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  3. Estoy en proyecto...pero como suele ocurrirnos, especialmente a los deportivos, tenemos el tiempo más que cogido con pinzas...

    Aún así, te aviso si hay apertura. Mientras, me dejaré ver de vez en cuando entre tu remolino de servilletas y etiquetas...

    Suerte y no dejes de escribir, ni de sonreir.

    R.M.

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