Nunca me ha costado. Pintarme las uñas mientras escribo un sms. Estar despierta mientras sueño. Leer en tanto que pienso. Hacer traducciones de latín y llorar con el anuncio de El Almendro. O discutir sobre política sin que se me escape la mesa que acaba de quedar libre en este bar tan lleno. Lo de hacer dos cosas a la vez, si te entrenas, no es complicado: como lo de olvidarte y conseguir que me recuerdes toda la vida. Soy una auténtica capulla...cuando quiero.
-Entonces, de lo de mandarte a la mierda, vida mía, me olvido.
-Yo no debería estar aquí, en esta ciudad desconocida, paseando por esta desconocida playa, ni sonriendo a esta desconocida sonrisa. Ni mucho menos dejándome atravesar por estos desconocidos ojos.
-¿Siempre hablas para el cuello de tus camisetas básicas?
-Decía que es tarde, que mañana trabajo.
-Pues yo había entendido que te mueres por que te bese.
((Lo peor, pensó Mariela, es cuando tienes la espada bien afilada pero se te olvida la armadura en casa))
-Tú, te, lo tuyo, lo mío, me, a mí. Cada vez es más complicado. De siempre he odiado a los trágicos y a los que no saben hacer las cosas fáciles. No sé si te lo había dicho.
-¿te estás rayando o me lo parece?
-Que nada, que tengo frío. Y yo con los pies fríos no pienso bien.
Leo y quiero contestar. Es muy breve lo que tenía planeado. Pero mis nudillos no responden. Es como si se hubiesen congelado, incapaces de conseguir que mis dedos marquen una tecla.
Frío en las manos, nervios en la garganta y prisas en los pies. De verdad, no lo sé, por qué estos imbéciles pies bajan de tres en tres los peldaños de la escalera.
Maldito estos pies, maldito tu mensaje, y más maldito aún sea el día en el que alquilé este quinto sin ascensor con vistas a la playa. Para qué quiero la playa, a ver, para qué, si hoy tardo treinta segundos más en verte.
Tres palabras, catorce caracteres.
Y luego tú. Lo digo siempre: lo único que tienes es esa cara de guapo pánfilo que no sé por qué provoca la tiritera automática de mis rodillas.
-Mira bonito, he bajado para decirte que me tienes harta, y que...
Y de repente el abrazo. Apoyar mi cabeza en tu pecho. Tu aliento meciéndome el pelo. Tus dedos peinándomelo en una coleta.
((Era cuando Mariela me llamaba a las cuatro de la mañana, sobre todo los domingos, poniéndose muy seria y haciéndome promesas: "Amiga, te juro que es el último día que este tío me chulea".))
Fue en mi primer día de facultad cuando me pegaron el primer sopapo "Habéis escrito muy buenas redacciones en el cole y el insti, ¿no? pues, ¿sabes lo que hago yo con eso? con eso me limpio los mocos y lo tiro a la papelera."
Fueron palabras del vicedecano de la carrera, y antes de borrar para siempre su nombre de mi cabeza, como suelo hacer con los que me hacen daño, me dí cuenta de que había bastado un segundo para enterrar para siempre a la chica de los dieces en redacción, los sobresalientes en Lengua y los premios de relato. Y me preparé para lo peor.
Pero no pasó nada.
En mis años de facultad me enseñaron a leer periódicos con lupa y a fabricar titulares que hicieran caerse para atrás. Me hablaban todos los días de que aquella era la profesión más bonita del mundo, de que podría entrevistar a gente increíble, y de que sería una especialista en no perder detalle de lo que sucedía en mi barrio, en España, en el mundo. Me dijeron que iba a poder contar con mis propias palabras "la vida", "la verdad", "las historias" de la gente... para la gente.
Era como un sueño. Pero como en los sueños, no contaron toda la verdad.
La facultad se quedó a medias. No nos hablaron de guardias interminables, de coberturas insolentes, de prisas y de relojes sin horario, de sueldos infames o de faltas de respeto.
No nos dijeron tampoco que, por la calle, algunos nos tratarían como a asesinos cada vez que saliéramos a rodar. O que nos insultarían, y no sólo con la voz sino sobre todo con los ojos (que es lo más doloroso) al intentar hacer una encuesta de calle o grabar unos planos de recurso. Ni que otros se atreverían a decirnos lo que tenemos y no tenemos que escribir.
Ni que nos llamarían mentirosos, como si la palabra mentir fuera gratis y no supieran que ese es el insulto más denigrante que se puede lanzar contra un periodista.
Tampoco nos contaron que las convocatorias de prensa serían casi siempre impuntuales, ni que nuestro tiempo para la mayoría de políticos, entrenadores, directores de eventos e incluso organizadores de manifestaciones... no importaría nada. Ni que nos harían esperar durante horas, tirados en la calle o en cualquier sala fría y desalmada, sin apenas despeinarse.
Ni mucho menos nos dijeron que una cantante "guay y tolerante" como Bebe nos diría que escribimos sólo polladas y que consideraría que estamos mal follados.
Nadie me dijo que casi todo el mundo nos trataría como a perros. Y cuando digo todo el mundo es todo el mundo: tanto dentro como fuera del periodismo.
Tampoco que al intentar desahogarte, en cualquier redacción, tu colega te sonreiría por lo bajo como queriendo decir: "Lo sé, pero no vale quejarse...esto es lo que hay, compañero".
No nos hablaron tampoco de despidos de la noche a la mañana, de adioses por teléfono o rescisiones de contrato por burofax. Ni de lo que significa dejarte la vida por un medio para nada. Y no lo digo por mí, que no he tenido esa mala suerte en los medios que he trabajado, pero sí por los mails que, cada vez con más frecuencia, llegan a mi bandeja de entrada con asuntos que hacen daño a la vista: "os envío mi curriculum por si podéis moverlo", "a mí también me ha pasado"o "después de nueve años, me echan".
Eso sí, en la universidad me enseñaron a utilizar un tipómetro, y aún no entiendo para qué me ha servido.
Así que los últimos días, estoy contenta con lo que se cuece en las redes sociales. Nosotros, "los plumis", como Fuenteovejuna: dando un golpe sobre la mesa para decir "Basta ya, somos periodistas, no imbéciles".
Reconforta dar un click al acceso directo de mi twitter y comprobar que #unmojónparabebe, #gratisnotrabajo siguen siendo trend topics y removiendo la dignidad de la profesión.
Y que la mayoría de mis compañeros del master, la carrera y redacciones varias, han compartido en su muro el post Putas y periodistas de David Jiménez.
Desde aquí yo también quiero decir que estoy harta de que parezca que las faltas de respeto y de consideración van con el sueldo, o peor aún, con el título de la facultad.
Pero también tengo una confesión que hacer y es la siguiente: que hay días en que me levanto maldiciendo a esta profesión por todas estas cosas y algunas más...pero que al final acabo rindiéndome.
No sé, será que va en el ADN de los que hemos elegido ser periodistas. A mí me lo advirtió José Mari Calleja en su clase de los lunes: "Esto no es una profesión, es un estilo de vida".
Ahora que lo pienso, creo que tanto él como ese vicedecano de cuyo nombre no quiero acordarme, intentaban, sin aclararlo del todo, preparnos para lo que luego vendría.
Yo no voy a usar el símil de las putas, que para eso ya lo ha utilizado, y muy bien, David Jiménez. Pero voy a traer a colación otro, que tampoco me parece desacertado: no he encargado ningún análisis de sangre ni de orina, pero a estas alturas creo probado que, como los toreros, los periodistas también estamos hechos de otra pasta.
Al menos en mi ADN periodístico está escrito y no puedo borrarlo: intento imaginarlo, pero no me veo haciendo otra cosa. Ya me pueden pedir artículos gratis, dejarme tirada a diez minutos de la entrevista o insinuar que estoy mal follada y que escribo sólo polladas. Para eso estoy yo, para que me resbalen los que creen que se ríen de nosotros, y para torear a todos esos listos con mi mi micro y mi libreta.
Que hagan, insulten y digan lo que quieran. Nadie me va a quitar las ganas de continuar escribiendo, de volcarme en cada texto y seguir contando historias todos los días.
Gracias a no sé qué fuerza, pasta o gen, me levanto a diario pensando en luchar y en informar hasta que no pueda más. Y en hacerlo lo más profesional y dignamente posible.
Así que una vez más, y a pesar de todo, lo digo alto y claro: hoy,mañana, pasado, al otro... y por los siglos de los siglos, quiero ser periodista.
(Ahora es cuando Peggy, la prometida del Hildy Johnson en Primera Plana, de Billy Wilder, dice aquello de... "empiezo a creer que los periodistas estáis todos enfermos". Min. 1:50 de esta escena.)
No tendría yo más de cinco años cuando llegó a casa con aquella fotografía.
-Mira: esta niña tiene tu misma edad, y ahora, también tu mismo nombre. Es el día de su bautizo. Lleva puestas tu camiseta y tu falda. Tu madre me las dio de tu parte para que se las regalase. Está guapa, ¿verdad?
Con mi mente de niña, pensé: "Es increíble. Pero cómo puede hacerlo"
Ocurría siempre por Navidad. Venía, y me dejaba alucinada.
Aún conservo, en mi piso de Madrid, la máscara tribal que nos trajo de Angola. Y aquel lienzo con la selva, el río y las cabañas preside todavía el salón de la casa de mis padres. También guardo una cita de casete en la que los Ana Itungu, sus niños huérfanos de guerra, cantan el Kutululuka (paz a todas las gentes).
Más de 20 años después sigue levantándome del sofá alguna tarde en Navidad. Llega con un montón de papeles y de fotos y no puede evitar que le salgan algunas palabras en portugués. Como ve que no le digo nada, continúa sin detenerse. Y me habla de sus libros, de sus conferencias, de la reconciliación tras la guerra... Y de soldados que sonríen porque ya no tienen que matar. Y nos pasamos la tarde entera sentados delante del escáner.
Yo ya no tengo cinco años, pero me sigue dejando con la boca abierta: "¿Cómo puede hacerlo?"
Muchas veces he pensado en interrumpirle mientras me cuenta y pedirle, directamente, que me lleve con él.
Pero no soy tan valiente.. ni tengo tanto amor dentro.