-Mira: esta niña tiene tu misma edad, y ahora, también tu mismo nombre. Es el día de su bautizo. Lleva puestas tu camiseta y tu falda. Tu madre me las dio de tu parte para que se las regalase. Está guapa, ¿verdad?
Con mi mente de niña, pensé: "Es increíble. Pero cómo puede hacerlo"
Aún conservo, en mi piso de Madrid, la máscara tribal que nos trajo de Angola. Y aquel lienzo con la selva, el río y las cabañas preside todavía el salón de la casa de mis padres. También guardo una cita de casete en la que los Ana Itungu, sus niños huérfanos de guerra, cantan el Kutululuka (paz a todas las gentes).
Más de 20 años después sigue levantándome del sofá alguna tarde en Navidad. Llega con un montón de papeles y de fotos y no puede evitar que le salgan algunas palabras en portugués. Como ve que no le digo nada, continúa sin detenerse. Y me habla de sus libros, de sus conferencias, de la reconciliación tras la guerra... Y de soldados que sonríen porque ya no tienen que matar. Y nos pasamos la tarde entera sentados delante del escáner.
Yo ya no tengo cinco años, pero me sigue dejando con la boca abierta: "¿Cómo puede hacerlo?"
Muchas veces he pensado en interrumpirle mientras me cuenta y pedirle, directamente, que me lleve con él.
Pero no soy tan valiente.. ni tengo tanto amor dentro.
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