miércoles, 25 de enero de 2012

Miedo.

Disculpa, pero voy a recostarme un rato sobre mi caparazón. Las patitas hacia arriba, así, moviéndose, cansándose, desesperándose. Extasiadas. Asfixiadas. Sin saber, si después de tanto esfuerzo, podrán o no evitar que me aplastes.

Como Gregor Samsa en La Metamorfosis. Kafkianamente quiero sentirme solo yo y defenderme de ti. 

-Pero nena, ¿por qué siempre estás de uñas?
-¿Quién? ¿Yo?


((Miedo. De eso que noto cuando te acercas. Cuando me absorbes. Cuando me succionas. Como los polos de una pila: me cargas aunque me quiera descargar. Me da horror sentir que inevitablemente me mezclo contigo.  Y tengo pánico al día en que no sepa quién está dentro de quién. Qué coño has hecho para que no me reconozca sin haberte olido antes.))

-Eres lo más bonito que ha parido la madre tierra. Ven que te vea.
-Casi nadie me ha visto desnuda. Pero tú que puedes... por favor, no me mires por dentro. (TODAVÍA)















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