La adrenalina de una última hora. El sudor antes de un directo. Las carreras por la redacción. La vida redactada en un reportaje o convertida en noticia. Pintar primera. La fuerza de un sumario. La ráfaga mientras contienes la respiración. El avance que tiene que estar YA y que sale en forma de teletipo urgente. La GENTE.... asomada a través del cristal del estudio de radio, pegada a la pantalla, dejando el croissant que acompaña al café para leer tu columna. Todo eso que puedes sentir cuando tienes una historia entre las manos.
-Mamá no me digas que tenía mal el cuello de la chaqueta, dime si te has enterado de algo de lo que he contado.
-Hijo, serás un desastre con la ropa, y no digamos ya con el pelo...pero no permitas que nunca nadie te diga que eres un mal periodista.
Los entiendo a todos. A los que lloraron por el cierre de los informativos de Veo TV (algunos de ellos grandes profesionales y compañeros de master, por cierto), las caras tristes del equipo de CNN+, la dignidad de la que hablan los redactores de Público, el adiós atragantado de la plantilla de ADN. La impotencia de los trabajadores de la RTPA. La resignación de los de la tele pública mallorquina.
Decía el cuento de Peter Pan que cada vez que un niño dice "no creo en las hadas", un hada cae muerta. Y que para resucitarlas, hay que decir muy fuerte que se cree en ellas.. y hay que batir las palmas.
Yo digo que cada vez que un medio cierra muere la libertad, se ahoga una opción, fallece el derecho a estar informado del ciudadano. Es más, confirmo que se asesina un estilo de contar la verdad y cae fulminada una forma de estar en el mundo. Y que para resucitarlo, la clave no está, como el cuento de Peter Pan, en batir palmas... sino en algo mucho más serio, y que a mí, como periodista, me reconforta más.
El secreto se llama periodismo, la clave se llama compromiso, lealtad al ciudadano. Y lo están proclamando estos días los compañeros de Público (leáse bien claro la dignidad en letras mayúsuculas resumida en su
comunicado).
Ya dije en otro post que hay días que me levanto pensando en borrarme del gremio. Y otros, en los que me quiero comer el mundo, libreta y micro en mano. Quizá sea ese el misterio. Que los periodistas no necesitan que nadie diga que cree en ellos, ni que les toquen las palmas para seguir viviendo.
Me explico. Un medio puede morir y a la vez, un periodista, resucitar. Como todos esos compañeros, obligados a recoger en cajas sus libretas, su agenda y su bolígrafo. Salen por la puerta de la redacción y con su carta de despido sin que se les vaya una idea de la mente: dónde encontrar la próxima historia, cómo contarla, cómo explicar lo que sucede.
Es el principio a fuego que todos los periodistas de verdad tienen grabado: no importan lo bien o mal que estén maquillados, lo fenomenal o desastrosa que siente la chaqueta. Ni tampoco los señores de los medios. Ni si quiera (mire usted qué osada...) importa la publicidad. Y sí lo hace, y mucho... lo que debemos a los ciudadanos.
Quizá sea por eso, y tal vez sólo por eso, que los periodistas somos como el ave fénix. Seguramente exclusivamente por eso... no importan las veces que nos quemen una oportunidad. Quién sabe...a lo mejor ese sea el único motivo de nuestra inexplicable capacidad para resurgir de las cenizas.
He visto a muchos compañeros salir llorando de una redacción y escribir mejor que nunca en su blogs. Y a otros que arrugan esas cartas de despido y sacan fuerzas para montar su propio periódico. He visto a algunos que se ponen el mundo por montera y envían titulares desde Camboya. Y a otros que invierten todo su dinero para enviar desde Rusia crónicas de Free Lance. Y no me extraña notar que a todos les une lo mismo. No les falta a ninguno: el ansia de contar, el afán de informar, las ganas de hacer de periodismo.
No es sólo el oficio más bonito del planeta. Es, ante todo, el compromiso más verídico e irrompible del mundo. Como el del músico con su guitarra o el del perro con su amo. Igual de inquebrantable que el del zapatero con sus zapatos. Así es el pacto del periodista con el ciudadano. El del que se levanta todos los días pensando en que su lector tiene que enterarse de lo que ocurre.
Por eso estoy segura de que pasa siempre. Cuando un medio muere, o mejor dicho, cuando lo matan... de repente, y casi sin saber cómo, un periodista resucita. Para orgullo de la profesión y frustración de los que quieren acabar con nosotros.
No al cierre de Público. Solidadaridad con ADN. Fuerza a la RTPA. Y a los que tuvieron que dejar la televisión de Mallorca. Y a ese cada vez más doloroso etcétera de compañeros que han tenido que ver cómo enterraban sus teles, sus periódicos, sus casas.
Sí a la pluralidad de medios. Al derecho a estar informado del ciudadano.
Larga vida al periodismo.
PD.Hoy, día 9 de enero, reedito este post. Ha sido una de las malas noticias de hoy. Ánimo a los compañeros de Extremadura al día, donde el 15 de enero, se hará de noche.
Larga vida... al periodismo!